viernes, 24 de abril de 2009

Pirineos, tierra de leyenda

Publicado en el “Especial Día de Aragón” del Diario del Altoaragón,
23 de abril de 2009


El Pirineo es escenario de historias y leyendas de brujería. La bruja del Museo de Tella es representativa de la mujer mayor que vive sola con sus pócimas y brebajes y a la que todo el pueblo acusa, la mayor parte de las veces sin fundamento, de prácticas brujeriles. Foto: J. A. Adell

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Por José Antonio ADELL CASTÁN y Celedonio GARCÍA RODRÍGUEZ
San Jorge está rodeado de leyenda. En la Alta Edad Media surgió el mito de la lucha del santo con el dragón, al que vencerá para salvar a la hija del rey de la Pentápolis. Y hasta se dice que le vieron cabalgar por el cielo sobre un caballo blanco, rodeado de nubes y con un rayo por espada, ayudando al conde de Barcelona, Borrell II.

Vivimos en una tierra de leyendas. Las piedras y montañas nos sumergen en la mitología; nuestros castillos y fortalezas conservan cierto halo de misterio y los seres mágicos pululan por doquier. Nuestra rica historia se entremezcla con originales ficciones. En todas las comarcas aragonesas encontramos un mundo legendario que ha llegado hasta nosotros a través de la tradición oral o de los textos. Sin embargo en los recónditos valles y en los aislados pueblos del Pirineo este mundo mágico adquiere un halo especial.

Pirene y Hércules

Existen varias versiones fantásticas que explican la formación de los Pirineos. Según una de las versiones, Gerión, un gigantesco pastor de tres cabezas, se enamoró de la hermosa Pyrene, hija de Túbal, el mitológico nieto de Noé, y decidió hacerla su esposa. Ante la negativa de Pyrene, Gerión luchó contra su padre y le venció. Pyrene huyó y se escondió en una cueva. Gerión, enloquecido, la buscó y como no la encontró decidió quemar todos los montes. Hércules, que pasaba por la zona realizando los famosos trabajos de los que nos habla la mitología griega, oyó las voces de auxilio de Pyrene y acudió en su ayuda. Pyrene murió en los brazos de Hércules, pero antes de dar su último suspiro pudo contar a Hércules su penosa historia.

Hércules la enterró y construyó un impresionante mausoleo en aquel mismo lugar. Recogió rocas y piedras del monte que había sido arrasado por el fuego y así formó la colosal cordillera, que hoy recibe el nombre de Pirineos en honor a Pyrene.

Siguiendo otra versión, la enemistad entre Atlante y Hércules no impidió que éste quedara prendado de una de las hijas de su enemigo, Pyrene. Ésta nunca quiso traicionar a su padre, así que se escondió en el Norte de la Península Ibérica e incendió los montes, provocando una impresionante hoguera. Hércules enterró a Pyrene, que había muerto abrasada, y levantó un grandioso mausoleo.

Del otro lado de los Pirineos hemos recogido una versión publicada en 1881 en el Diario de Avisos de Zaragoza, legada por Elías Appamensis, cronista del siglo XVI, que también escribió en latín una historia de los soberanos de los Pirineos franceses y españoles. Un buen día, Hércules despertó de su adormecimiento lascivo en los brazos de su amada Pyrene, la más hermosa de las hijas del rey Bébrix, rey de los celtas, y se fue a perseguir los monstruos que asolaban la tierra. Su ausencia fue tan larga que cuando volvió, Pyrene, abandonada, ya no existía. Las fieras habían devorado su cuerpo y sólo encontró sus miembros esparcidos en las cuevas donde Pyrene había ido a esconder las lágrimas de su desolación. El dolor del héroe fue extremo, tan grande que sus gritos de rabia estremecieron el mundo, y decidió dar a su regia amada una sepultura digna. Con sus manos levantó las rocas que formaron su eterna sepultura, dando origen a los Pirineos.

Otras historias similares se cuentan al otro lado del Pirineo, que hablan de la presencia de genios o espíritus que habitan en los picos y en los lagos. Según una leyenda decimonónica, en el Pic d’Anie, muy cerca de la Mesa de los Tres Reyes, hay un genio inhospitalario y solitario que cuida un jardín, cuyas plantas tienen propiedades sobrenaturales. El licor que se extrae de dichas plantas aumenta la fuerza de los hombres. Unas gotas bastarían para apartar a los demonios que protegen los tesoros que se esconden en cuevas y antiguos castillos. Si los foráneos intentasen apoderarse de dichas plantas, el genio originaría espantosas tempestades.

Los habitantes del valle de Aspé y del pueblo de Lescun temen todavía los terribles efectos de la ira implacable de ese dios.

También se teme a otro genio que habita en lo más profundo del lago de Tabe y castiga a los paseantes que recorren las orillas diciendo palabras malsonantes o perturbando la calma de las aguas tirando piedras. Si eso sucede, inmediatamente una tormenta envuelve la montaña. En alguna ocasión un rayo ha golpeado al incrédulo.

Leyendas de la Jacetania y el Alto Gállego

Una bella leyenda recuerda los orígenes del monasterio de San Juan de la Peña. Juan de Atarés, un caballero cristiano de familia noble, decidió un día renunciar a sus cuantiosos bienes y abandonar su palacio por una cueva del Monte Pano, en la Sierra de San Juan, cerca de Jaca. Un día fue tentado por Lucifer, ofreciéndole un magnífico palacio. Atarés se puso a rezar y ahuyentó al diablo. Luego, un ángel se le apareció y le indicó que se trasladara a una gran cueva en el Monte Uruel, y que modelase una imagen de San Juan Bautista.

Cuando le llegó la hora de morir esculpió en una piedra la siguiente inscripción: "Yo, Juan, primer anacoreta de este lugar, habiendo despreciado el siglo por amor de Dios fabriqué, según alcanzaron mis fuerzas, esta iglesia en honor de San Juan, y aquí reposo".

Pasado un tiempo, un noble y sus hijos, Félix y Voto, se asentaron en una fortaleza construida en un monte próximo. Una tarde, Voto perseguía a un ciervo y llegó a la cueva. Entró y con asombro encontró el cadáver de un ermitaño apoyado en la citada inscripción. Dio sepultura al cadáver y contó a su hermano Félix lo sucedido.

Ambos decidieron ceder a los pobres sus cuantiosos bienes y retirarse a la cueva de Atarés para consagrarse a la oración y a la penitencia. Pocos años después se les agregaron otros dos anacoretas de Zaragoza, llamados Benedicto o Benito y Marcelo.

Una de las leyendas más conocidas es la que se conmemora el primer viernes del mes de mayo. Los jacetanos, bajo el mando del conde Aznar, vencieron a las tropas musulmanas, mucho más numerosas, con el apoyo moral de la Virgen de la Victoria, que se apareció a los cristianos para infundir ánimos, y con la decidida e inesperada ayuda de las mujeres jaquesas.

Los seres fantásticos abundaban por la zona. Las gentes que rodean la Peña Oroel vivieron atemorizadas por un ser más fantasioso. Una gigantesca culebra se aparecía en Atarés atacando al ganado y a las personas. Otra serpiente se vio en Siresa. Al parecer, era una mora encantada que vivía en la Selva de Oza atesorando objetos religiosos. Cierto día, un pastor, camino de su casa, encontró un precioso cáliz, que presuroso llevó al pueblo. Cuando estaba próximo al monasterio de San Pedro de Siresa, el pastor sintió que le perseguían. A toda prisa fue a refugiarse en la iglesia. Era la mora, convertida en serpiente, que al no poder entrar en el recinto sagrado, contrariada porque perdía el cáliz, dio un coletazo en el banco de piedra de la entrada del templo, quedando su huella grabada para siempre.

El cáliz, según la leyenda, pudo ser el propio Santo Grial, la copa en la que bebió Jesús durante la última cena, que después pasaría a San Juan de la Peña y de allí a la catedral de Valencia, donde se conserva.

El diácono oscense San Lorenzo, encargado por el papa Sixto de velar por los bienes de la iglesia, envió el sagrado cáliz a Huesca para que no fuera encautado por Valeriano. Con la llegada de los musulmanes el cáliz emprendió una peregrinación permanente por el Pirineo: San Pedro de Tabernas, Borau, Yebra de Basa, Bailo, Jaca, Siresa y, finalmente, San Juan de la Peña.

Las formas erosivas de la naturaleza también dan pie a leyendas como la que hace referencia a las “Señoritas de Arás”, dos “dames coiffées” que las gentes del Sobremonte siempre han llamado “El Cura y La Casera”. Se decía que Dios había castigado a un párroco y a su sirvienta por haber hecho lo que les estaba prohibido.

Las leyendas de moros y moras también abundan por toda la comarca; la toponimia recuerda su presencia en construcciones medievales y en muchos monumentos megalíticos. El prolífico investigador y escritor Enrique Satué narra una divertida historia que tiene lugar en la Torraza de Lárrede, conocida como la “Torre del Moro”. Un sastre de Arguisal vendió su alma al diablo, que tenía su cuartel en la Torraza. El Sastre, al ver tantos doblones, se echó las manos a la cabeza exclamando: “¡Alabau sea o Señor, pa qué quiero yo tanto dinero!”. El diablo, al oír el nombre de Dios, consideró roto el pacto y le propinó una enorme cornada, haciéndole rodar hasta el pueblo de Lárrede.

Las moras se guarecían en cuevas, como la que se halla en Aquilué, cerca del santuario de la Virgen de los Ríos. Allí, a la cueva o “forato d’a mora”, subía todos los días una bruja del pueblo a peinar a una hermosa mora con un peine de oro y en agradecimiento recibía pepitas de oro. La mora le decía que jamás debía volver la vista atrás cuando regresara al pueblo, de lo contrario perdería el oro. Un día la montañesa notó los pasos de una vaca a su espalda, se volvió y se quedó sin la recompensa.

Por el Sobrarbe

Si existe una tierra donde abundan las leyendas y éstas nos evocan seres mágicos, sin duda, esa tierra es el Sobrarbe. Hasta el origen del condado está envuelto en leyenda. En el escudo del Sobrarbe, que se incorpora en uno de los cuarteles del de Aragón, aparece una cruz roja sobre una encina. Cuando las tropas cristianas al mando de García Jiménez, conde del Sobrarbe, iban a luchar contra los sarracenos cerca de Aínsa, se apareció esta cruz sobre una carrasca, lo que se entendió como un signo de victoria, y así fue.

El pueblo de Tella tenía fama brujeril, hecho que han sabido aprovechar muy bien para instalar un museo con esta temática y otras similares. Hasta en la población existió una danza denominada “de las brujas” y el dolmen de Tella era lugar de aquelarres.


La toponimia sobre brujas es abundante. La Peña de la Bruja de Plan era el lugar donde debían acudir las mujeres que quisieran convertirse en brujas.
Foto: C. García

Si alguna mujer quería ser bruja debía acudir a Plan el día de Nochebuena, a las doce de la noche, al lugar denominado “Peña de la Bruja”. Tenía que llevar los ojos que habría arrancado a un gato negro, envueltos en un paño. Al oír las doce campanadas se tenía que colocar en el interior de un círculo, trazado en el suelo, y destapar los ojos.

Vamos ahora con seres benignos. En el ibón de “Basa Mora”, en el valle de Gistaín, habita una princesa mora, que la noche de San Juan emerge del lago y realiza encima de sus aguas una danza, rodeada de serpientes de colores y ataviada con vistosos vestidos. Después se sumerge de nuevo en las frías aguas. Dicen los lugareños que si alguien acude al lago y no ve nada es porque no tiene el corazón limpio.


Del gigante Silbán queda la cueva de su nombre y la leyenda de su amor por Marieta. Foto: J. A. Adell
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De los gigantes el más renombrado era Silbán de Tella. Habitaba en una escondida cueva que aún existente, y se dedicaba a robar ovejas. Era de gran estatura y rostro monstruoso. Pero como todos los gigantes tienen su corazón, Silbán acabó enamorándose de Marieta, una linda pastora.

La llevó a la cueva y allí le obligó a peinar y despiojar sus largos cabellos. A cambio, a la pastora no le faltaba de nada, pero ésta preparó su huida. Una noche, mientras Marieta peinaba a Silbán, éste quedó dormido en su regazo. Entonces, la pastora se apartó y dejó la cabeza del gigante apoyada en su delantal, encima de la piedra, y huyó por la ladera de la montaña.

Silbán, al despertarse y ver que la pastora no le quería y había escapado, henchido de dolor, se asomó a la puerta y comenzó a dar grandes voces:

“Marieta, Marieta,
torna a buscar la mandileta”.

Silbán entró en una profunda depresión, los pastores le envenenaron la leche y murió en la cueva. Marieta, que, en el fondo de su corazón, amaba a Silbán, volvió a la cueva y enterró al gigante.

Otro tema enigmático es el de las “lumbretas” que nos menciona el prestigioso investigador Manuel Benito en sus interesantes escritos. Son almas en pena que recorren los parajes próximos a Clamosa, en La Fueva. Dicen que portan unas luces misteriosas y que pasan por las aldeas y descampados de esta zona. Sin duda nos encontramos con un símil de la Santa Compaña o de la Hueste asturiana.

En los Pirineos, por encima del Monte Perdido, escondido entre las nubes, se menciona un castillo encantado que fue edificado por el mismísimo Atland. Su visión impresiona, con sus fuentes de agua, jardines y numerosos palacios y estancias, habitado por fieras de todas las especies.
Además de Atland otros personajes mitológicos pasaron por esta comarca: Hércules, Pyrene o Gerión, el monstruo de tres cabezas. El pico Aneto puede tener similitudes con Neitín o Neto, el dios de los ilergetes.

La historia de las “Tres Sorores” es mencionada por Ramón J. Sender. Narra la desgracia de tres hermanas por la terrible maldición de su padre. Tras la invasión de los pueblos bárbaros, en un pueblecito de la comarca, tres doncellas, huérfanas de madre, estaban preparadas para casarse con tres montañeses. Éstos y el padre de las doncellas fueron hechos prisioneros. Ellas se escondieron en el bosque y cuando regresaron al pueblo sólo encontraron desolación. Observaron que había un soldado visigodo herido y, con rapidez, se acercaron a él para curarlo. Este soldado, a cambio, les prometió liberar a su padre y a sus futuros maridos.

Pero el soldado, una vez restablecido de sus heridas, decidió engañar a las doncellas. Las llevó al campamento de los visigodos y les dijo que sus novios se habían casado con tres jóvenes visigodas, encontrándose en el campo de batalla. Al cabo de un tiempo fueron olvidando a los que iban a ser sus esposos y accedieron al matrimonio con el soldado y otros dos compañeros suyos, abnegando de su religión. Por la noche, el espectro del padre se apareció maldiciendo a sus hijas por haber renegado de su fe. Éstas huyeron y se construyeron tres chozas junto al Monte Perdido. Se produjo un espantoso terremoto acompañado de un vendaval y las tres jóvenes quedaron convertidas en tres montes conocidos como las Tres Sorores.

Las Tres Marías también fueron convertidas en montañas, tras conseguir escapar de la cueva donde las había hecho prisioneras el gigante Añisclo. Otra versión dice que eran tres hijas del rey moro de Zaragoza, Altabill, y que huyeron a las montañas. Uno de los alféreces del rey moro las persiguió, pero ellas quedaron cubiertas de nieve y convertidas en montes.

El mítico Roldán, lugarteniente de Carlomagno, tras su derrota en Roncesvalles, llegó hasta Ordesa y antes de morir lanzó su espada Durandal, originando un profundo tajo en la montaña conocido como la “Brecha de Roldán”. Así pudo ver su amada Francia antes de morir.

Y por la Ribagorza

El antiguo condado ribagorzano es una comarca propicia en ensoñaciones y leyendas. Por sus valles y montañas pululan brujas, espectros, diablos (y “diapllerons”) y hasta dispone de seres mágicos autóctonos: las “encantarias”. Incluso los picos montañosos poseen su leyenda; entre ellos, el más alto de Aragón y de la Cordillera Pirenaica, el Aneto, que podría corresponder a uno de los dioses de los ilergetes, el dios Neitín o Neto, divinidad identificada con Marte.
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Sobre diversas montañas del Pirineo se han tejido historias míticolegendarias. Los Montes Malditos, según creencia popular, reciben ese nombre por la maldición de un peregrino. Foto: R. Martí
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Los Montes Malditos también tienen su leyenda. Los pastores cuidaban sus rebaños en los verdes pastos de la zona. Al parecer no eran buenos, su corazón era duro, excepto un joven pastor de gran bondad.

Una noche tormentosa llegó un peregrino y llamó a las cabañas de los pastores pidiendo cobijo y comida. No le quisieron abrir y, además, le soltaron los perros. Solamente un humilde pastor le ofreció su cabaña para dormir y le dio leche para cenar.

A la mañana siguiente el peregrino indicó al pastor que reuniese su rebaño. Cuando llevaban un rato andando, levantó las manos al cielo y tembló toda la montaña. En breves instantes los prados quedaron convertidos en piedras y rocas, igual que el duro corazón de aquellos pastores.


Goya en sus pinturas negras refleja un mundo a medio camino entre la realidad y la ficción. En esta pintura representa a una bruja.

Las leyendas de brujas nos hablan del Turbón y de Cotiella, lugares en los que se reunían. Antes de iniciar su vuelo gritaban de forma desgarrada. Las reuniones del Turbón debieron ser de las más importantes, pues dicen los lugareños que a veces se veía a las brujas tirar de las nubes para provocar las tormentas. En Laspaúles 22 mujeres fueron acusadas y condenadas por brujería en 1593 y en el pueblo, bajo la dirección del activo párroco Domingo Subías, se ha construido un parque temático denominado “Brujas de Laspaúles”

Las princesas moras encantadas reciben en esta comarca el nombre de “encantarias”. En el pasado fueron seres humanos que en virtud de alguna maldición adquirieron ese estado. A veces están custodiadas por alguna serpiente o dragón.

Las “encantarias” recuperan su forma humana la noche de San Juan. Acuden a algún río o fuente a realizar la colada, después la extienden y, mientras se seca, inician sus juegos y danzas hasta casi el amanecer, momento en que recogen todo y vuelven a su escondrijo. Los seres humanos, en caso de encontrarse con las hadas, no deben perturbar sus danzas, el juego o el baño, aunque su reacción no siempre es la misma. Si entran en su mundo y participan en sus danzas, podrían terminar siendo sus esclavos. A pesar de ello, un arriero de casa Farré de Espés se las encontró la noche de San Juan junto a la ermita de las Aras. Estaban bailando, sus danzas embelesaban, la música sobrecogía. Una de ellas le invitó a bailar. Al finalizar el baile y antes de desaparecer todo aquel mundo de magia y embrujo de sus ojos la encantaría le reveló que era la reina de todas ellas.

Algunas encantarias eran famosas. La del castillo de Pegar, en Alins, tomaba la forma de una voluminosa serpiente. En Roca Menal, en el barranco de Denuy, se creía que en la cueva vivía una serpiente con cabellera, y por la noche se le podían ver los ojos. No olvidemos que el topónimo “fadas” se repite en varios lugares de la comarca.
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