miércoles, 24 de julio de 2013

El crimen de Calcena recreado en Cuarto Milenio

Un hecho real sucedido en Calcena el año 1913, motivado por ciertas creencias, que estremeció a los aragoneses. Tres personas murieron a manos de Felipe Pasamar, convencido de que habían usado hechizos mágicos para acabar con la vida de su hija. Pasamar pidió consejo a la “Sibila de Alpartir”, una mujer que tenía fama de predecir el futuro y de descubrir los misterios del pasado


En el año 1913 tuvo lugar en Calcena un trágico suceso. Felipe Pasamar Gregorio, de treinta años, cometió un triple crimen inducido por su mujer, al considerar que estas personas habían dado “mal de ojo” a su hija.



La niña murió poco después de enfermar y los padres trataron de averiguar las causas consultando a la “Sibila de Alpartir”. La “Sibila” tenía fama de predecir el futuro y de descubrir los misterios del pasado. Con sus romances y mojigangas invocaba a los espíritus averiguando todo: dolencias, rencores, pérdidas, vidas pasadas y futuras. De esta manera iba sembrando rencores y venganzas por todos los pueblos del contorno.



El dictamen de la “Sibila” no pudo ser más rotundo: La chica ha muerto embrujada porque le dieron “mal de ojo”, y el “mal de ojo” se lo dio una persona que vivía cerca de su casa.


Daba la casualidad que el padre de Felipe, Vicente Pasamar, su madrastra, Francisca Royo, y una hija de ambos, Juana Lapuente, vivían pared con pared de la vivienda que ocupaban ellos. Francisca, la madrastra, fue quien se llevó las culpas de lo sucedido.





Felipe salió resuelto de su casa, con pistola al cinto. Los tres citados se encontraban en las tareas de recolección. La emprendió primero con su padre, buscando razones para acalorarlo. Después le asestó una tremenda cuchillada en el pecho, a la vez que disparaba un tiro de pistola a su madrastra.





Remató a golpes a ambos y después fue a por la hija, que demandaba auxilio a grandes voces, matándola también de dos enormes estacazos.


Tres vecinos acudieron a la era, pero huyeron despavoridos ante las amenazas de Felipe. Tras su detención y la de su mujer, como inductora de los crímenes, el pueblo les quiso linchar.


Íñigo Peralta, corresponsal de Añón en un periódico regional, fue a visitarle a la cárcel para fotografiarle. Felipe Pasamar no quitaba la vista de la máquina.

—¿Sabe usted lo que es esto? —Le preguntó el periodista.

El criminal sobresaltado retrocedió unos pasos y dijo:

—Sí que lo sé. Esto es la muerte.


Se consideró que Pasamar había actuado de semejante manera por influencias de alguna bruja que le había provocado el “mal de ojo”. Tras ser condenado a muerte por la Audiencia de Zaragoza, el pueblo zaragozano se movilizó y de todos los organismos zaragozanos, sin excepción, se elevaron peticiones de indulto a los Poderes públicos. También, por iniciativa unánime de los concejales de Zaragoza, se convocó una manifestación, el día 20 de septiembre de 1915, demandando su indulto. Zaragoza respondió de forma abrumadora.


Tras notificar la orden de ejecución de la sentencia, Felipe pasó a la capilla, donde recibió el consuelo del Obispo de Zaragoza, Sr. Soldevilla. A continuación, el Obispo acudió al gobierno civil para conversar con el gobernador señor Isasa, su última esperanza.


Finalmente, el día 21 de septiembre, a las siete de la mañana, fue ejecutado en el patio interior de la cárcel ante el reducido número de personas que marcaba la ley. El comentario del periódico La Crónica era bien elocuente:


“Yo la vi. Fue al lado de una ermita sombría, cerca del río de aguas clarísimas (...). Apareció la vieja. Tipo de bruja. Ojos de bruja. Boca siniestra de bruja. Bruja, bruja, bruja. Apedreábanla los chicos desde las lindes de los campos, temerosos aún en la lejanía.

Llegaron de la era los gritos espantosos de la tragedia. Un hombre, ciego de locura, blandía un garrote monstruoso. Y mató al padre. Y a la madrastra. Y la hermanastra.


Alarido en el pueblo, acusando a la vieja bruja. Que reía viéndose sola en un descampado, temida y temible, dibujando en el aire signos de maldición.

Agarrotarán al asesino. Alzan el patíbulo y escuchamos los gritos horrendos del condenado a morir. Y la vieja bruja, ríe, ríe, ríe siempre, junto a la ermita, dominando las almas lugareñas con la magia del horror, sabiendo como dio al hombre ciego de inteligencia el empellón trágico de tres asesinatos.

Yo la vi. Fue al lado de la ermita sombría, cerca del río de agua clarísima”.

Texto extraído del libro de José Antonio Adell y Celedonio García: Brujas, demonios, encantarías y seres mágicos de Aragón. Editorial Pirineo. Huesca.

Ver vídeo de la dramatización del Crimen de Calcena:
http://www.cuatro.com/cuarto-milenio/programas/temporada-08/t08xp43/Cuarto_Milenio-Antonio_Angel-Temporada_8-programa_43-Iker_Jimenez_2_1638555139.html
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